La Sintonía con los Nuevos Tiempos

Las circunstancias actuales del mundo generan en todos y cada uno de sus habitantes diversos niveles de angustia.
Sin dudas que el espectro de estos niveles es muy amplio. Va desde simples preocupaciones hasta profundas desesperanzas, producto de la impotencia que, un número bastante importante de la población siente de cara a sus posibilidades futuras.
En algunos trabajos anteriores consideramos que, el hombre común necesita sentir que sus metas y ambiciones personales encuentran, en el país que lo alberga, tierra fértil para germinar.
El mundo muestra la seducción de una tecnología que ha transformado al hombre en un ser globalizado. Esto introduce en las mentes individuales ciertos sentimientos de omnipresencia.
Estos sentimientos se han infiltrado en el hombre en épocas muy recientes. Tal ves esto se concretó en la última década, en que la tecnología se ha perfeccionado increíblemente.
Estamos a un click de Japón o integrados en la pluralidad de una red que nos unifica en torno de un mismo mensaje... O multiplica, casi al infinito, nuestra propia voz.
Ese click también nos permite adentrarnos en los más recónditos apartados del conocimiento humano.
Estamos inmersos en el universo de una "inteligencia artificial" que ya nos pertenece y en cierto sentido nos controla.
Hoy el más escondido de los secretos vive la expectativa de su muerte anunciada.
Pero... ¿Cómo juega todo esto en la psique de los argentinos?... ¿Qué sentimos en términos comparativos con el resto del mundo?... Bueno... eso es todo un tema.
Muchas de las angustias a que nos referimos se derivan de esa suerte de omnipresencia del argentino globalizado.
Si analizamos la IV casa del mapa del país, concluimos que el ciudadano de a pie necesita sentir que vive en un territorio que le da todas las seguridades que da un buen orden institucional... Y esta abierto a las nuevas tecnologías, porque siente que estas le permitirán vivir ese orden establecido de una mejor manera.
Pero hoy, en Argentina, no hay ni orden ni seguridad institucional... y, además estamos bastante alejados de los últimos logros tecnológicos.
Son dos angustias que se suman. Y, en este caso, no hay dudas que se reafirma aquello de que 2 más 2 es igual a 4.
Hay un estado de angustia generalizado que permea todas las camadas sociales... y es en ese contexto que se desarrolla la dialéctica entre el gobierno y sus gobernados.
Así estamos viviendo los argentinos el cambio de paradigma, que se deriva del cambio de era.
Las angustias que pernean la dinámica de la sociedad argentina trascienden la problemática individual de cada ciudadano. Tiene que ver con la condición en que se está procesando la incersion del individuo en el contexto de la humanidad.

El crecimiento acelerado de la tecnología, sumado a la progresión geométrica con la que hoy se mide el avance de los descubrimientos científicos, han relegado la evolución del ser humano a un estado casi de parálisis.
... y eso es malo. Muy malo.
Entre nuestro nivel de ser actual y los más recientes logros de la ciencia existe un enorme abismo, que sólo puede ser llenado con fantasías.
La auto imagen del hombre vive hoy el apogeo de un crecimiento, que nos coloca a todos, sin excepción, ante el límite de la mitomanía.
Parecería que estamos llevando muy a serio la afirmación teológica de que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Lo estamos aceptando de forma literal.
Nos han dicho que Dios es omnipotente, omnipresente y omnisciente.
Si llevamos en consideración que la ciencia ha creado una inteligencia artificial de dimensión planetaria, en la que estamos integrados de forma participativa. No es difícil concluir que hemos llegado a ese nivel de omnipresencia de la divinidad... Bueno... No creo que todos se crean esto con la misma intensidad.
Pero, en todos, sin excepción, se viven pequeñas experiencias de asombro que nos arrastran, aunque más no sea fugazmente, en la dirección esa ilusión... Y así... de tanto en tanto nos sentimos un poquito dioses. Pero dioses sin ningún poder.
Impotentes ante la incapacidad que enfrentamos, a la hora de resolver las cuestiones esenciales de nuestra propia vida.
De ahí provienen las angustias de nuestro tiempo. De ahí suben, como las burbujas del champagne, hasta el plano de nuestra actual existencia.
Claro que en el camino se van definiendo a sí mismas con la letra de las dificultades propias de cada nivel.
Y así van quedando para atrás, en el plano del olvido, las viejas definiciones para dar lugar a otras más nuevas y más actualizadas.
Hoy las angustias humanas adquieren las características de las impotencias territoriales, que se derivan de la dinámica social, política y económica de cada lugar.
Todos vivimos, epidermis adentro, la experiencia inevitable de secretas angustias, fruto de los diversos grados de frustraciones a que nos somete la sociedad de consumo.
Los objetivos (muchos de ellos inalcanzables) con que nos seduce el imperio de los sentidos, nos recuerdan la condición karmica de nuestra humanidad y los límites de nuestro poder real.

Todo esto, palabras más palabras menos, ya ha sido dicho por otros. Por lo tanto, no creó estar diciendo nada nuevo.
Pero sí considero que hay en todo esto un punto que talvez haya pasado desapercibido para la gran mayoría... Y en eso quiero concentrarme, para dar continuidad a este trabajo.
Creo que se ha roto el nexo entre las generaciones. Porque la rapidez conque se está desenvolviendo la tecnología no le da tiempo a los individuos de cada generación para sintonizarse dialecticamente con su descendencia.
Hoy por hoy, existe entre padres e hijos una enorme diferencia, a la hora de procesar las informaciones que se derivan de las cosas de todos los días.
El día a día de hoy es muy diferente que el día a día de 20 o 30 años atrás. Hay una dinámica mucho más intensa y mucho más rápida, que la generación de posguerra (a la cual pertenezco) no puede seguir.
No podemos seguir porque nuestras sinopsis son más lentas. Ellas están sintonizadas con la dinámica comunicacional que imperaba en los tiempos de nuestro nacimiento.
Por el contrario, las nuevas generaciones nacen con sus sinopsis ajustadas a la dinámica del escenario que las recibe.

Podríamos decir que la propia naturaleza se encarga de hacer esos ajustes. Ellos responden a la necesidad de continuidad de las especies.
Los nuevos ciudadanos del mundo nacen sintonizados con las exigencias de la dinámica comunicacional, presente al momento de nacer... Pero la capacidad de adaptación a las transformaciones tecnológicas, que se derivan del progresivo avance de la ciencia, corre el mismo destino que le correspondió a la generación de sus padres.

En el año 325 de nuestra era, se produjo el primer concilio Vaticano. En ese concilio sucedieron muchas cosas que acabaron desviando en curso de la evolución del hombre.
Hay mucha bibliografía que trata con mucha profundidad del tema, lo cual me exime de entrar en mayores detalles.
Pero, a los efectos de este trabajo, me interesa mencionar que, por aquellos tiempos, la Iglesia acordó con el poder de Roma en separar la ciencia profana de la ciencia sagrada.
Esto significó algo así como separar el espíritu de la materia. Lo que produjo una escisión, al menos intelectual, del principio de la unidad de la vida.
Porque la materia es tan sagrada como el espíritu.
No existe la posibilidad de que esto sea diferente, porque desde hace mucho tiempo los logros más significativos alcanzados por la ciencia están disociados de las verdaderas necesidades de crecimiento del hombre.
Estos logros, en verdad, persiguen la consolidación del poder, en todas sus formas.
Desde el momento en que la dialéctica que sustenta la convivencia humana se hizo competitiva, los aspectos complementarios de cada individualidad adquirieron la categoría de adversarios.
Claro que el espectro que contiene a esta categoría es de una extensión casi infinita... y va desde lo casi imperceptible a lo espantosamente aterrador.
Pero, sea como sea, en todos los casos está implícita la idea de sobreponerse al adversario... Y de ahí la necesidad de consolidar el poder.
Es muy importante no olvidar que el orden del universo es jerárquico. Eso nos obliga a evaluar como funcionan las jerarquías en las tres grandes categorías de la dialéctica:

  • entre pares.
  • entre la autoridad y el subalterno.
  • entre el subalterno y la autoridad.

En las tres categorías debería estar presente la substancia del amor, para que la dialéctica se procese a partir de una igualación afectiva de los polos.
Esto no invalida la posición que cada individuo ocupa en la escala de las jerarquías. Pero si introduce el respeto mutuo y todo lo que de el se deriva, a la hora de procesarse los intercambios.
Hace ya varios milenios que la autoridad se viene imponiendo por la fuerza y las más altas jerarquías vienen siendo conquistadas en obediencia a la ley del más fuerte.
No faltara el lector perspicaz que sienta en la punta de la lengua la tentación de expresar que así esta ordenada la naturaleza, habida cuenta de lo que nos muestra el propio reino animal... que, dicho sea de paso, aún vive en un estado de pureza.
Eso es, sin dudas, una gran verdad. Pero sucede que los animales son realmente puros... y no podemos decir lo mismo del hombre porque este se transformó en la excepción de la regla.
En el reino animal es prioridad la preservación de la pureza biológica, y en eso radica la necesidad de que todo quede librado a la supremacía del más fuerte.
Así se garantiza la continuidad de la especie y su correspondiente evolución... pero esto sólo es posible en ausencia del Ego.

Si erradicamos la figura del hombre de la obra de Darwin, podemos aprovecharnos del aporte inestimable que hizo este científico al conocimiento humano.
Pero este aporte se desvirtúa cuando utilizamos todas estas evidencias para desvincular al hombre de su triste historia.
Lamentablemente, la idea de hacer conque el destinatario de esta obra monumental no sea el hombre sería una tarea imposible, toda vez que la teoría de la evolución ya ha sido absorbida por la cultura como un dogma que da sustentación a la idea de que los hombres evolucionamos de forma permanente en todos los niveles.
Si eso fuese real, aunque más no sea en un pequeño porcentaje, estaríamos viviendo en un mundo mucho más humano. En el que muchas de las desigualdades deberían haberse superado.
Pero no es así. Estamos comprometidos con las mismas guerras que nuestros antepasados de hace miles de años.
A pesar de que hayamos acumulado muchos refinamientos culturales, seguimos tan primitivos como entonces.
Nuestra especie ha utilizado muy mal la condición de ser dignatarios de la más alta jerarquía, dentro del orden jerárquico terrenal.
Hemos sido absorbidos por el eco de nuestra propia historia y vivimos las consecuencias de nuestra propia construcción.
Nos encapsulamos en un mundo de seres humanos y para seres humanos, fluctuando por sobre la inocencia de las demás especies. A las que acabamos subyugando, sin que a ellas nos una algún vínculo realmente afectivo.
¡Qué mal nos hace la ausencia de estos reinos dentro de nuestro reino!... ¡que falta nos hace compartir la esencia de sus sentimientos!

Ciertamente, los misterios del amor están ausentes en la dinámica que integra socialmente a las naciones y a los pueblos. Avanzamos hacia la construcción de un mundo vacío de contenido, por la ausencia de diálogos.
No pueden dialogar y mucho menos entenderse, individuos que procesan las informaciones no solo a destiempo, sino también de forma absolutamente diferente.
Se ha roto el intercambio dialéctico que lleva al entendimiento entre padres e hijos... Y ese entendimiento es fundamental para preparar al niño para que después pueda vivir en sociedad.
Lamentablemente tenemos que aceptar que las nuevas generaciones ya comienzan a alienarse en el seno de sus propios hogares.
Esta realidad está generando una suerte de autismo colectivo que crece día a día con cada nueva sofisticación de la informática doméstica.
Hacia el interior de nuestro hermoso mundo estamos construyendo el "Planeta Soledad". Una esfera azul, vacía de sentimientos, que viaja en lo profundo del espacio vivo de la Creación.
No hay angustia mayor que la que emana del estado de soledad.

... Y nos preguntamos; ¿qué le pasa al hombre?. ¿Qué está haciendo de sí mismo y de sus semejantes?. ¿Qué está haciendo de su propia casa?... ¿Qué nos estamos haciendo a nosotros mismos?... ¿Qué mundo estamos construyendo?... y no encontramos respuestas porque hemos perdido, desde hace mucho tiempo, la conexión con nuestra propia conciencia.

 

ROLANDO GRIGLIO
Astrologo Karmico