El Peso del Karma

Comenzaremos este artículo afirmando, sin temor a equivocarnos, que para crecer es necesario realizar esfuerzos y sacrificios para vencer los muchos condicionamientos que nos impone el propio contexto en el que se pretende llevar adelante tal objetivo.
Esos condicionamientos son absolutamente individuales y conforman en su conjunto el Karma del individuo.
Todos nosotros hemos generado a lo largo de nuestras muchas existencias las consecuencias de nuestro propio accionar… y esas consecuencias impregnan las substancias que conforman el paisaje o útero que nos sirve de escenario en cada vida.
Todo, absolutamente todo lo que conforma el mundo de nuestras percepciones, vibra con una nota única e intransferible que vincula nuestra vida individual con nuestra propia historia ancestral.
Cargamos sobre nuestras espaldas el peso residual de innúmeras experiencias personales y colectivas que quedaron sepultadas en el pasado sin ser debidamente resueltas, o que simplemente no resolvimos.
Lo antes dicho convalida la idea de que crecer no es un hecho inercial o mecánico. Por el contrario exige de cada individualidad una tarea que demanda esfuerzos objetivos y una estrategia asociada a la consecución del objetivo que se pretende alcanzar.

En términos de nuestra vida real, es evidente que todo emprendimiento personal no solamente se conforma de los argumentos que pretendemos desarrollar.
En todo caso estos son el punto de partida de una propuesta que generará inevitablemente resistencias y condicionamientos del entorno.
A partir del momento en que se oficializa la pretensión de alcanzar tal o cual objetivo, se da inicio a una interacción dialéctica entre la individualidad que busca consolidar su destino y el contexto uterino que la contiene.
La simple observación nos permite corroborar que no todos los emprendimientos llegan a buen puerto.
A veces nos preguntamos cómo es posible que tal persona haya fracasado, en tanto que tal otra, con un mínimo de esfuerzos, e inclusive con métodos menos apropiados, haya concretado sus metas.
Sin dudas ambos se enfrentaron a contextos kármicos muy diferentes. Aquí una tercera persona comprometida en el asunto podrá decir; “… pero si se trata del mismo escenario y los dos contaban con los mismos elementos, créditos y garantías”.
No… no estamos hablando del mismo escenario, justamente queremos aquí afirmar que cada uno vive alienado en su propio mundo particular… y esos mundos no se mesclan. Son como esferas cerradas en las que se procesa una intensa interacción dialéctica entre el individuo y su propio entorno particular karmico.

La vida manifestada es un proceso germinal, que fluye para adentro y para arriba de todo lo que es y existe.
En el universo todo está creciendo. Todo está germinando.
Ese impulso ascendente es la propia vida universal. Es Dios en esencia.
Todos los reinos de la naturaleza, con excepción del hombre, fluyen con esta LEY UNO, con lo que está en el principio y en el fin de todo lo creado… y son felices en sus reinos.
Pero, lamentablemente hace unos 24.000 años hubo una gran catástrofe en nuestro Sistema Solar.
Algo impactó contra el planeta que orbitaba entre Marte y Júpiter y este se transformó en lo que hoy conocemos como el Cinturón de Asteroides.

Ese terrible evento cósmico creó un gran desequilibrio en la unidad del sistema solar y, obviamente, en la unidad de nuestro planeta.
También las unidades biológicas que en su conjunto conforman la biosfera se vieron igualmente afectadas.
La unidad del planeta, o sea la Madre Tierra, puso entonces a funcionar sus mecanismos naturales de ajuste, en un intento por restaurar el equilibrio perdido.
Básicamente su estrategia consistió en aumentar la fuerza de succión sobre las semillas, para obligarlas a doblegar sus esfuerzos.
Esta nueva estrategia de la Madre Naturaleza apuntó a hacer conque ese esfuerzo extra, por parte de cada individualidad, compensase el desequilibrio y los procesos de crecimiento volviesen a desarrollarse sobre el eje vertical sobre el que se desenvuelve cada impulso germinal.
A partir de ese momento, se siguió un tiempo en el que los diversos reinos de la naturaleza debieron adaptarse a las nuevas condiciones en las que debía procesarse toda germinación.
Solo el reino humano reaccionó negativamente al nuevo accionar de la Madre Tierra.
El hombre sintió que su entorno se estaba volviendo en su contra, dificultándole su natural derecho a germinar.

Hoy, después de unos 24.000 años, podemos comprender que realmente no comprendimos que los misterios del Amor estaban llevando adelante su cometido más trascendente, que sin dudas consiste en mantener la armonía de todos los procesos de interacción.
Así trabaja la fuerza de la Unidad, hacia el interior de su dialéctica. Cada vez que algún evento inesperado rompe el equilibrio de su dinámica interna, trata de adaptar la interacción dialéctica a las nuevas condiciones imperantes.
La nueva instancia que se generó a partir de la destrucción de ese planeta que orbitaba entre Marte y Júpiter, representó un punto de inflexión en la historia de la humanidad, a partir del cual el hombre comenzó a mal interpretar el nuevo escenario que, dicho sea de paso, se presentó como algo ya consumado y absolutamente irreversible.
Nuestra propia especie, la del hombre, sintió erróneamente que el propio mundo que lo contenía se estaba volviendo en su contra… entonces el hombre asumió una postura defensiva, “atrincherándose” epidermis adentro de sí mismo.
Afirmó para sí que era auto suficiente frente al universo que lo contenía, desconociendo así la existencia de sus complementos naturales que, en su totalidad, conforman la otra “media naranja” de todos y cada uno de nosotros. El escenario particular que contiene a cada individuo es el otro polo que completa la unidad de la existencia.

Ese otro polo es en sí mismo el paisaje karmico que contiene al propio individuo. Es la suma de todos los elementos que conforman el espectro de la percepción sensorial de cada uno.
Todo lo que cada uno percibe más allá de su epidermis es el polo negativo que contiene a la individualidad. Ese es el espacio uterino de nada uno.
Todos y cada uno de los elementos que conforman nuestra percepción son complementos de otros tantos principios internos que conforman la mente sensorial del ser humano… y, más concretamente, que conforman su memoria sensorial.
Hacemos una clara diferenciación entre la mente sensorial y la mente cognitiva. Esta última ya se encuentra desvinculada de la tiranía que representa la memoria como afirmación de una sabiduría.

En la mente sensorial, los símbolos mnemónicos almacenados en la memoria, responden mecánicamente a cada estimulo externo, como respuestas condicionadas. Es el principio de acción y reacción en su más pura acepción.
Sin dudas, nada nuevo puede surgir de un movimiento mecánico… y es aquí donde debemos detenernos para evaluar la verdadera dimensión de nuestra mente.
En primer lugar nuestro nivel de grandeza como individuos se ve acotado por una percepción selectiva del gran universo que nos contiene.

En cada nueva existencia volvemos a vincularnos a los mismos complementos que nos vinculamos en vidas anteriores.
Ellos nos son familiares ya desde los primeros instantes que se suceden al parto que nos introduce en el nuevo escenario de la vida tridimensional.
Desde el momento en que comenzamos a gatear, nos sentimos atraídos por diversos objetos de nuestro entorno.
Esta curiosidad primordial que nos motiva a desplazarnos hasta tal o cual objeto se deriva de un sentimiento de “familiaridad” preexistente que nos atrae.
El objeto nos es familiar de alguna manera y, al hacer contacto con él, cerramos el circuito de interacción y el vínculo queda definitivamente establecido.
A medida que va transcurriendo el tiempo, vamos vinculándonos selectivamente a todo aquello que llama nuestra atención y despierta nuestra curiosidad, con lo cual vamos estableciendo una especie de “tela de araña” que tiene a nuestra figura de carne y hueso en el centro.
Todos esos complementos a los cuales nos hemos vinculado conforman el mundo de nuestra percepción… un universo extremamente selectivo y pequeño, dentro de la grandiosidad de un universo cuyas dimensiones trascienden nuestra capacidad de mensurar… nuestro universo particular es extremamente pequeño. Es un verdadero grano de arena en la inmensidad del desierto.

Ninguno de nosotros ha visto jamás al verdadero universo. Cada uno ve apenas la parte infinitesimal a la que está vinculado… y aun así sentimos el vértigo de estar frente a un abismo inconmensurable.
Estamos aprisionados en una suerte de sofisma de falsa generalización. No nos damos cuenta de lo poco que vemos.
No vemos más de lo que ya conocemos… y venimos reafirmando esa percepción vida tras vida.

El hecho de vincularnos a los mismos complementos en cada existencia, garante la continuidad de cada historia individual dentro de un determinado nivel de grandeza (esto no significa que nos vinculemos a las mismas personas, sino que nos vinculamos a los mismos complementos psicológicos).
Cada uno de nosotros tiene un tamaño que define nuestro nivel de ser y es a partir de ese nivel que la medida de nuestros pensamientos se ve acotada.
Claro que así como hay estrellas y estrellas, también existen mentes y mentes. Algunas muy limitadas, otras con una mayor apertura.
Pero aun así, si tomamos todo el espectro de la mente humana, desde aquellas mentes condenadas a una vida vegetativa hasta las más encumbradas del mundo de la ciencia o de la filosofía, no marcaran prácticamente ninguna diferencia frente a la infinitud de lo desconocido. Frente a aquello que está más allá de los límites de nuestra percepción sensorial.

La unidad de cada ser humano no termina en nuestra epidermis, sino que se extiende hasta los confines más distantes de nuestro propio universo conocido.
Con todos y cada uno de los objetos que conforman el espectro de nuestros conocimientos, mantenemos una ininterrumpida interacción dialéctica, que se procesa a través de la ley de acción y reacción.
En cada interacción particular surge un aspecto de nuestra persona, un rasgo de nuestro carácter, algún valor o algún defecto que nos es propio.
La suma de todas nuestras interacciones con los objetos del universo particular que nos contiene, nos define como individuos diferenciados de nuestros semejantes.
Por lo tanto, no solo somos lo que se encuentra epidermis adentro de nuestra persona de carne y hueso, sino también todos los complementos a los que nos mantenemos unidos.

 

ROLANDO GRIGLIO
Astrólogo Kármico

 

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