La Dialéctica une lo Interno con lo Externo

Que el universo creado es bipolar, ya está más que comprendido. Prácticamente en todos los artículos de este sitio lo venimos desarrollando. Por lo tanto, damos por sentado que esa es la naturaleza del cosmos.
Pero, talvez no hemos sido muy específicos con relación a esta expresión bipolar, en términos de sístole y diástole.
Este ritmo bipolar es el propio pulsar del universo.
Metafóricamente podemos decir que es la propia respiración del cielo… y sobre la base de esa interacción se sustenta el impulso germinal, presente en todos los niveles de grandeza de todos los mundos creados.
Talvez sea necesario reflexionar un poco más sobre la estructura de la unidad múltiple. Porque, de no comprenderse este principio, seguramente no se entienda muy bien cuando hacemos referencia a los diferentes niveles de grandeza de la unidad.
Partimos de la afirmación de que la UNIDAD es todo lo que es y existe. Es todo el universo creado.
Pero dentro de lo creado existen un número prácticamente infinito de niveles de grandeza, en los que la estructura de la unidad se reproduce.
Dijimos que lo creado es bipolar. Falta apenas describir la naturaleza de ambos polos.
Estos polos quedaron definidos en el mismo instante de la creación.
Por un lado quedó definido el CENTRO EMISOR, a partir del cual se inicia la expansión… y por otro, el ESPACIO que quedó definido por la naturaleza ondulatoria de la expansión.

Estas ondas expansivas se fueron haciendo cada vez más lentas y más pequeñas (como las que se forman sobre la superficie del agua, cuando se deja caer en ella una piedra)... por lo tanto, si reflexionamos por algunos instantes sobre esta lenta amortización de la fuerza expansiva, concluimos que la naturaleza del espacio es resistente a la expansión… y esto implica una suerte de asimilación de la energía emitida.
Tenemos entonces definida la naturaleza de los dos polos que sustentan lo que ha sido creado.

  • El polo POSITIVO, o centro emisor.
  • El polo NEGATIVO, o espacio uterino receptor.

Esa es la estructura básica de la UNIDAD… pero dentro de esa gran estructura, que es el propio universo creado, existen otras estructuras de unidad menores… y dentro de estas otras aún más pequeñas… y dentro de ellas otras… y así siguiendo, esto se repite hasta el nivel de lo infinitesimal del átomo. Siempre sobre la base de la misma estructura bipolar.
En todas hay un impulso emisor y un espacio uterino receptor.
Lo más importante a ser comprendido en todo esto, es el hecho de que todos los diferentes niveles de grandeza, desde las grandes galaxias hasta lo infinitamente pequeño del átomo, suceden simultáneamente.
Todos los centros emisores emiten el mismo impulso emisor al mismo tiempo. Desde ya, guardando la debida proporción, según el nivel de grandeza en que este impulso se manifiesta.
Pero, existe una estructura jerárquica, en la que los soles mayores tienen una mayor “autoridad” sobre los soles menores.
El orden universal es jerárquico.

Todo lo que viene a ser. Todo lo que es creado es una unidad… por lo tanto se edifica sobre una base bipolar.
Hay una idea o PROMESA DE SER que antecede a la creación.
A partir del momento en que esta idea pasa a la etapa de su concretización, se inicia la fase de la CONSTRUCCIÓN o edificación de la estructura formal de lo que en un momento fue apenas una simple promesa.

Cada uno de nosotros, como seres humanos, somos, sin lugar a dudas, una expresión de la unidad. Por lo tanto, tenemos una estructura bipolar que nos sustenta.
Esto es así, desde el preciso momento en que se unieron el óvulo y el espermatozoide de nuestros padres, para dar inicio a lo que hoy somos.
A partir de esa unión primordial comenzó el desarrollo de una interacción dialéctica, a través de la cual fuimos desarrollándonos.
Desde entonces tenemos un centro emisor (que es nuestro propio centro gravitatorio) y todo un espacio receptivo que, valga la redundancia, recepciona y asimila la substancia emitida.
El centro emisor es el ÁTOMO NOUS, que se encuentra en un recóndito lugar del ventrículo izquierdo de nuestra corazón... y el espacio receptivo es nuestro propio cuerpo.
Desde el centro emisor (corazón) se esparcen las energías, que simultáneamente se están esparciendo a partir de los demás soles que conforman la cadena solar del universo.
El centro corazón es la puerta por donde penetran las directrices que vienen desde la UNIDAD… o sea que los misterios del Amor entran en la naturaleza humana por el corazón y se proyectan hacia toda la extensión del espacio corporal, llegando inclusive más allá del nivel atómico de las estructuras.
Esta fuerza andrógina indiferenciada entra en el espacio creado que, como ya dijimos, es de naturaleza bipolar, reforzando la unión de todas las interacciones dialécticas que están operando en todos los niveles (desde lo más denso de la biología hasta la interacción dialéctica que se desarrolla en los niveles más sutiles de la emoción y del pensamiento).
Esa fuerza indiferenciada del Amor es la que consolida las estructuras y nos recuerda, de alguna manera, que existimos gracias a la fuerza de la unidad.
Solo Dios puede desistir de esta tarea… y en eso va la duración de cada existencia.
La fuerza del Amor invade la totalidad de la estructura psicobiológica del hombre y fortalece la raíz de toda interacción dialéctica, tanto en la dimensión invisible como en la corporal.
Esta fuerza unificante y sustentadora penetra el mundo interior independientemente del grado de percepción del individuo. Lo hace, inclusive, más allá de que la persona crea o no en la función trascendente del Amor.
Claro está que el Ego humano interfiere, y mucho, en esta tarea sustentadora de la propia energía del Amor.
Su interferencia es la causa primordial de todos los desequilibrios que se sufren al nivel físico, psíquico y emocional… y todo se debe al hecho de que el Ego niega cualquier vínculo de complementariedad.
Aquí debe quedar bien en claro que, a pesar de la postura egocéntrica, la complementariedad está presente en nuestras vidas desde siempre y por siempre… porque no se puede separar lo que Dios une.
Esto no significa que el Ego desista en su intento de vivir su experiencia auto centrada. Antes bien, redobla su apuesta.
Por un lado, niega desde su propio discurso (a pesar de las evidencias iniciales) las complementariedades naturales que vinculan la persona a su escenario karmico.
Se fija en las diferencias inherentes a la propia complementariedad y, en vez de comprender que hay una mutua necesidad como causa fundamental de integración, se lanza en la aventura de mantener obsesivamente un discurso de naturaleza competitivo.
Así es como va alejando dialécticamente a los polos complementarios hasta, inclusive, transformarlos posturas de manifiesta enemistad.

Por otro lado, se fija en aquellos objetos, circunstancias o personas que DESEA y los transforma en sus objetivos de conquista… en los objetos de su propio deseo.
En el trasfondo de esta actitud está implícito el reconocimiento de la Unidad como principio fundamental de la existencia.
El propio Ego sabe y reconoce que es necesario un escenario de unidad dialéctica para poder existir.
Solo que el escenario creado por él no tiene existencia real. Es el fruto de una conquista y una sumisión.
En este escenario el Amor no está presente. En su lugar se desarrolla el placer sensorial, como el sentimiento que acompaña a la experiencia dialéctica. Una experiencia que es difícil de sustentar en el tiempo, porque la construcción que de ella se deriva es endeble como un castillo de naipes.
Con todo, el Ego goza el placer de sentirse no solo el centro controlador del escenario, sino también el placer de ser su creador… y este sentimiento tiende naturalmente a crecer hasta llegar a dimensiones que solo le corresponden a Dios.
De alguna forma el Ego se siente un poco Dios… y ahí están las raíces del orgullo humano.
Sin dudas que el Ego saca buen provecho del principio de acción y reacción para mantener su imperio.
En ausencia de Amor, este principio es el que sustenta una dialéctica competitiva que tiende a crecer en su nivel de agresión, a medida que se va desenvolviendo.
A todo esto, allá en lo profundo, la energía del Amor continúa sustentado a todos y cada uno de los principios de unidad que conforman el universo de la Creación.
Estos principios son eternos, porque son la propia esencia del Amor como expresión de la vida universal.

 

ROLANDO GRIGLIO
Astrólogo Kármico

 

misteriosdevelados@live.com