QUE NOS PASA A LOS ARGENTINOS

Los argentinos surgimos a la vida institucional a la luz de un cielo poco favorable.
La carta natal del país ya fue muy analizada por muy buenos astrólogos que describieron, cada uno a su manera, las grandes contradicciones que marcan la relación del pueblo con la entidad del gobierno… y esto no es una cuestión de un gobierno en particular, sino el fruto del patrón sobre el que se viene desarrollando nuestra historia.
Sin entrar en mayores detalles, podemos afirmar que somos un pueblo conservador en esencia, que venera su propio pasado como siendo la fuente de toda verdad y justicia.
Vivimos haciendo referencia a los legados de nuestros próceres, tomándolos como parámetros del comportamiento ciudadano.
Pienso que eso no estaría mal si no hubiéramos sido tan ingratos con ellos en su tiempo.
San Martín, Rosas, los propios caudillos… podemos seguir haciendo un ejercicio de memoria hasta el presente, y sin dudas encontraremos en la historia resiente la propia proscripción de Perón y su exilio… así le agradecemos a los que después veneramos.
Que estos comportamientos no son normales, no cabe ninguna duda… pero no podemos quedarnos en el simple reconocimiento de esa realidad.
Urge la necesidad de preguntarnos de donde proviene la eterna paradoja de nuestro accionar como ciudadanos.


Surgimos como nación a la sombra de una figura paternal lejana y sin nombre.
El sistema paternalista que nos engendró tomó como modelo un padre ausente, que de tiempos en tiempos emerge del propio sentimiento de orfandad del pueblo con una propuesta de resarcimiento histórico, que sin dudas despierta en nosotros un casi olvidado sentimiento de esperanza.
Es por esa razón que el pueblo argentino genera y acepta liderazgos fuertes, a los que se vincula engendrando un gran monstruo colectivo, donde el individuo aparece con poca o casi ninguna capacidad de ejercer su derecho constitucional de defender y llevar adelante sus propias ideas.
De alguna forma siempre esperamos el “mesías” salvador, trayendo las reivindicaciones que desde siempre reclamamos en la rueda de nuestras prolongadas e infructíferas discusiones que, con regularidad, desarrollamos dentro del marco de las inevitables diferencias ideológicas que nos caracterizan, en el escenario de nuestra vida cotidiana.
Pensamos que alguien poderoso vendrá y nos sacará del letargo histórico en que la inercia de nuestros días nos tiene aprisionados.
Pero esa inercia es mucho más que una simple inercia. Es un acostumbramiento a los tiempos transcurridos, que nos vuelve conservadores y defensores inconscientes de las viejas costumbres instaladas.


Esta postura en defensa del orden establecido a partir de los hechos acumulados de la historia, sin otra directriz que la rutina, hace conque que nos volvamos terroristas de nuestras propias expectativas de cambio.
Es así como acabamos siempre boicoteando nuestras propias esperanzas de un país mejor.

Desde el punto de vista astrológico, nos interesa llegar al núcleo del mal que nos aqueja como pueblo. Debemos exorcizar nuestros propios “demonio internos”, si en verdad queremos eliminar la fuente de toda frustración.

En primer lugar podemos desgranar la naturaleza del discurso que, a pesar de los matices ideológicos, los diversos gobiernos desenvuelven de cara a la sociedad.
Realmente poco importa el color político que le pone letra a dicho discurso, porque hay un patrón más profundo que la propia elaboración intelectual.
Este patrón se inicia como un esfuerzo dialéctico por superar las contradicciones que se dan al tratar de unir, en una letra coherente y seductora, lo que en esencia es una verdadera utopía en el manejo económico de los recursos del estado, para que estos puedan ser usados como una herramienta eficaz frente a las esperanzas postergadas del pueblo.

Sin dudas que en lo que a dirigentes se refiere, los hay buenos y los hay malos. Pero tanto unos como los otros, en el caso particular de Argentina, se encuentran con las limitaciones de ejecución que emanan de la idiosincrasia del propio ciudadano común que, como ya dijimos, es esencialmente conservador… y es justamente, a partir de esa naturaleza esencial del pueblo, que tanto los buenos como los malos dirigentes llegan con su discurso apenas a un área de las expectativas de aquellos.


Esta área tiene que ver con la proyección que el ciudadano de a pie hace sobre la figura del dirigente. Asociada al ideal del “mesías”.
Se espera que este realice los prodigios para los que fue dotado, como salvador ungido por la inspiración de un mandato superior.
Se crea así un vínculo ideal entre la figura paternal del líder emergente y la masa popular, que sin dudas espera todo de él.
Esa exaltación desproporcional de la humanidad del líder se potencia a sí misma, aumentado la distancia entre este y sus liderados.
Estamos ante un sentimiento raro, que tal vez sea hasta raro en la historia del hombre. Un sentimiento que el pueblo argentino ha desarrollado desde los orígenes de su historia.
En este sentimiento se mesclan otros tantos sentimientos contrapuestos, que en su suma dan lugar a una suerte de fanatismo contagioso… eso es porque en los individuos que conforman la masa popular existe la casi irrenunciable necesidad de preservar la imagen del líder salvador.
Esta necesidad proviene del hecho de que el líder entra a la vida del pueblo por la puerta de la esperanza, que está presente en el inconsciente colectivo antes que el propio lider se perfile.


A partir de ese vínculo irreal instalado, se desarrolla una percepción selectiva de la dialéctica que busca ignorar o minimizar los errores y defectos humanos del líder.
Es necesario que este habite en el Olimpo del imaginario colectivo y que allí se mantenga.
Hay en esta actitud popular una especie de mecanismo de defensa, para preservarse del impacto que produciría la tomada de conciencia de que mucho de lo esperado es el fruto de una idealización generada por la necesidad de exorcizar el sentimiento de orfandad, que en verdad impera soberano en la realidad argentina.
Y es aquí donde se equivocan los políticos, los filósofos, los poetas y hasta los vagabundos, que a menudo afloran en el universo común de los opinólogos.
Los líderes piensan que el discurso esperado tiene que ver con la expresión de una filosofía revolucionaria de tipo socialista… y es ahí donde los que se embarcan en esa aventura de liderazgo entran en un proceso irreversible, en el que el vínculo que genera el discurso se va deteriorando paulatinamente hasta que se hace insostenible.

¿Por qué es esto?

Es así porque se piensa que el pueblo es revolucionario y que quiere participar de una gesta revolucionaria.
No es así. El argentino promedio no quiere salir de sus tradiciones ni embarcarse en epopeyas transformadoras. Es conservador.
Pero sí espera que se produzcan transformaciones que vengan a mejorar su condición tradicional de vida.
Y es aquí donde debe quedar bien en claro que; una cosa es pretender que se mejore la convivencia sin alterar la naturaleza esencial de los hábitos y otra es pretender alterar hábitos y costumbres en aras de una supuesta mejoría en la convivencia.
No hay dudas de que el ciudadano argentino pretende que se de la primera condición… y en esto, en la mayoria de los argentinos hay una actitud innegociable.

¿Por qué entonces adhiere con tanta vehemencia al discurso del lider carismático?... bueno, pienso que ya quedaron bien en claro los motivos de esa adheción… y también que esta tiene siempre fecha de vencimiento.
Este es el patrón que caracteriza los liderazgos argentinos.
Después se da la justicia tardía. Pero para eso se debe esperar que opere el espacio sedimentador del tiempo y de la historia, que si bien cumple con su cometido en el largo plazo, no lo preserva al lider de experimentar la ingratitud en vida.

Por esa razón estamos siempre reiniciando nuestra historia, en un permanente ejercicio de trágica recurrencia.
Claro que si bien es cierto que el país nació al amparo de un cielo impropio, que le confirió la idiosincracia que sintetizamos en los párrafos presedentes, no es menos cierto que también bajo el amparo de ese mismo cielo se le imprimió un destino de grandeza posible.

Aquí podemos hacer un paralelismo con la propia vida del hombre, porque todo lo que nace (un país, un ser humano, una institución, etc.) lo hace en un escenario permeado por una casi infinita red de fuerzas en movimiento que vienen operando desde el origen de los tiempos.
Algunas de estas fuerzas actuan en ovediencia al impulso germinal de crecimiento, mientras otras lo hacen perjudicando, cuando no oponiendose a este impulso.
Con esto concluímos que todo lo que nace se embarca en un oceano con vientos que operan en multiplas direcciones. Está por lo tanto en manos de quien conduce la posibilidad o no de llegar a buen puerto.
La vida de los pueblos, al igual que la de los individuos, arrastra la cruz de su propio karma… que es la suma de los errores acumulados, por un mal manejo de la ley de acción y reacción a lo largo de su historia.
Es a traves de la excelencia de la vida institucional del país que se pueden ir mejorando las fallas, que que afectan la vida cotidiana de sus habitantes.
En el caso específico de Argentina el desafío está asociado con la transformación de la naturaleza esencial de sus gobiernos.
El gobierno es el centro gravitatório de la propia estructura del país. El resto, es decir el pueblo, acaba siendo el eco de su propio accionar.
Haciendo una similitud con el ser humano, podemos decir que:

  • El PODER EJECUTIVO es el corazón del país, actuando en sintonía con los pulmones.
  • El PODER LEGISLATIVO es su cerebro.
  • El PODER JUDICIAL es su higado depurador.
  • El PUEBLO sus extremidades.

Del gobierno proviene la nota maestra que mantiene coesa la estructura de todo el organismo. Es desde allí que emana el rítmo de la propia particularidad de la nación.
El pueblo argentino es como es porque se siente huerfano… y en tanto se siga sintiendo así, permanecerá bajo el yugo de las condiciones que hasta hoy lo caracterizan.
Tal vez algún perspicaz considere que estamos ante la paradoja “del huevo o la gallina”. Puedo asegurar que este no es el caso.
Aquí tenemos una estructura del estado con un enorme poder centralizado en la figura paternalista del presidente y un poder ciudadano reducido a su mínima expresión.
Para que esta proporcionalidad cambie en la dirección de un mayor equilibrio, debe producirse un cambio substancial en la dinámica interna del estado para que pueda habilitarse un diálogo que siempre ha sido inexistente y cuya inexistencia se ha mantenido siempre velada por tras del ejercicio de un populismo institucionalizado, cuyo efecto placevo ha operado permanentes milagros sobre la carencia afectiva de todos y cada uno de los ciudadanos.
El origen del mal está en la cabeza y no en el cuerpo de la nación. Por eso es que tenemos la posibilidad siempre latente de que alguna vez pueda producirse un cambio.

Es probable que los mismos que oportunamente puedan haber considerado a la ecuación argentina como una explicitación de la paradoja del huevo o la gallina puedan, despues de haber reflexionado sobre lo que desarrollamos en las líneas presedentes, argumentar que la lógica anterior nos sacó de la paradoja para ubicarnos en el campo de la utopía.

Si, claro. Todo lo que nace posee, en el trasfondo de su desorden incipiente, una utopia como meta y destino. La nuestra tiene que ver con la construcción una nación en la que nos sintamos partes de una gran familia, donde las figuras tutelares permitan a todos y cada uno de sus hijos el desarrollo de sus propias potencialidades.


Eso es lo que se lee desde la carta natal de Argentina, que define el momento en que pasamos a existir como nación independiente.
Si hilamos más fino en esta lectura, conclímos que el punto neuralgico del cual depende el correcto funcionamiento de todo el cuerpo del país, está centrado en sus camaras de representantes; comunales, provinciales y obviamente en el Poder Legislativo de la nación.
Esto lo define la posición de MARTE, en el inicio de la XI casa terrena, sobre la constelación de Leo, haciendo sextil y trígono con el eje nodal, que basicamente tiene que ver con el correcto manejos de los recursos del estado, no solo en la dinámica interna del país sino tambien frente a sus compromisos externos.


Esto significa, en el plano nacional, que el Congreso debería ser el centro en el que se desiden las principales medidas económicas… porque estas deben responder a las necesidades básicas de su población, cuya motivación esencial proviene de la utopía instalada en el corazón de todos y cada uno de los habitantes.
En el Congreso deberían estar representados los anhelos del propio pueblo. Esto no es algo que responda apenas al orden institucional argentino, sino que responde a la esencia de la vida democrática de las naciones… pero, en nuestro caso particular, este rasgo especifico de las democracias se encuentra sobrepotenciado como desafío y obligación.
En el momento del nacimiento de Argentina, las fuerzas en movimiento exigían que se aplicase un celo especial en el accionar de sus camaras de representantes, para que estos respondiesen al desafío de crecimiento, marcado a fuego como meta en el corazón de sus hijos en el preciso momento en que el país quedo oficialmente establecido ante la faz de la tierra.

Ahora bien… que es lo que tiene que suceder para que el accionar de las cámaras de representantes se ajuste al impulso germinal del país y cumpla con su cometido de llevar al más alto nivel la voz de los que no tienen voz. Ese desafío ya esta implicito en la carta natal de la Republica. Hay que saberlo leer.
La XI casa terrena describe con precisión la forma como debe desenvolverse esta función, tan vital para la vida del país.
En esta casa se definen las aspiraciones de la nación, que deben ser llevadas adelante por el accionar de las asambleas legislativas y administrativas, entre otras cosas.
Ya dijimos que estas camaras de representantes deben tener una participación activa, cuya inspiración debe emanar de la utopia subyascente en la dinámica cotidiana del ciudadano común.
Esta utopía tiene que ver con la idea de la gran familia argentina, que no solo cobija y protege a sus hijos, sino que tambien los alienta para que desenvuelvan el ritmo de sus propias particularidades.
Esto tiene que ver con la idea de que los jefes de esta gran familia, que tienen a su cargo la dificil tarea de velar por el desarrollo de sus hijos, deban manejarse con una filosofia que apunte a alentar a todos y cada uno de ellos para que desenvuelvan sus propias capacidades creativas.

Es en este punto donde comenzamos a vislumbrar el origen de las fuerzas que operan a contrapelo de las necesidades reales de crecimiento que tiene la gran familia argentina porque toda la cadena de mando, desde las más elementales jerarquías en la vida cotidiana de las personas hasta las más altas jerarquías del estado, se generan respondiendo a la idea de la autoridad paternalista, que concentra en su persona la suma del poder.
Es obvio que ante este perfil de autoridad queda muy poco espacio para el desarrollo del libre albedrío del individuo común… siendo que, es justamente sobre el ejercicio de esa libertad que opera la propia inspiración creadora.
Esa inspiración es fundamental y necesaria para la elaboración de las nuevas ideas que nos liberan del letargo y de la inercia.
Todos los que tienen alguna responsabilidad de conducción, sea en el nivel que sea, acaban ajustandose total o parcialmente a las caracteristicas que impone el rol de mando en la Argentina. Esto no es solamente en nuestro país, sino en todos… y cada uno tiene sus propios patrones.
Volviendo al caso de nuestro país y dando fe de aquella máxima popular que dice que toda regla tiene su excepción, podemos decir que habrá sin dudas algunos líderes que consigan sobreponerse al influjo de esas fuerzas invisibles. Serán los menos… y aún así, las fuerzas colectivas los estarán influenciandolos de forma permanente, tratando de minar las bases de sus propias convicciones.

Por lo tanto, podemos redondear lo que estamos considerando, diciendo que existe siempre un espectro de máxima y mínima en la que encajan todos aquellos que les toca llevar adelante un rol de mando.
Este espectro va desde aquellos que estarian en condiciones de actuar desde su libre albedrío y con prescindencia de los condicionamientos que provienen de las fuerzas que moldean la psicología del líder, hasta aquellos que son verdaderos vehículos de ese modelo.
Los que se ubican en los extremos son los más raros, pero cuando aparecen son fuertemente carismáticos y tienen una hipnótica capacidad de convocatoria.
Unos en radical defensa del sistema y otros en anárquica contestación.

En Argentina, el rol de mando no está en sintonía con el proceso germinal del ciudadano común, que aspira crecer desde sus propias capacidades innatas.
Como simples ciudadanos del país, aspiramos a desarrollarnos a partir de las normas establecidas en nuestro propio entorno regional.
Vivimos en una especie de atomización del federalismo, que podríamos interpretarla de la siguiente manera:

Nos sentimos orgullosos de ser argentinos… nos sentimos orgullosos de ser bonaerences, santafesinos, cordobeses, etc… nos sentimos orgullosos de ser habitantes de la ciudad en que vivimos… sentimos el orgullo de pertenecer a tal familia… y dentro de la familia, es claro, estoy yo que siento el orgullo de ser peronista, radical o incha de boca.

Todo lo medimos desde nuestra propia experiencia sensorial, que nos revela el tipo de agrado o desagrado que sentimos respecto de lo que es y existe a nuestro alrededor.
Ese entorno de 360º termina, para el individuo, en el límite de los cuatro horizontes que acotan su propia existencia.
Para los más nostálgicos y sedentarios, la línea perimetral de sus cuatro horizontes estará bastante próxima… ya, para aquellos de espíritu más nómade, esta línea puede ser casi inexistente.
Pero en este último caso estariamos dentro de la excepción de la regla. La regla misma se corresponde con el hombre sedentario… y en el caso argentino debemos agregarle a la condición sedentaria, la condición de nostálgicos.
Esta condición nostalgica/sedentaria es la que nos coloca en el extremo menor de la atomización federal.
Defendemos, desde la inacción, nuestra forma particular de vida, con todo lo que eso implica en términos de convivencia cotidiana.
Esa es la base, a partir de la cual el argentino promedio aspira crecer. Por eso que el argentino es el más conservador de los conservadores.
Siente, en su fuero más íntimo, que su fortaleza está en lo establecido hasta el momento (sus hábitos, sus costumbres, etc.). Ese es su territorio conocido. El universo en el que el argentino se siente seguro y confiante.

Sin embargo, sueña con la posibilidad de un mundo mejor. O mejor dicho, sueña con la posibilidad de que su mundo sea mejor… que no es la misma cosa.
Esto significa que estaremos siempre a la expectativa de todo aquello que nos venga a mejorar nuestra condición de vida, siempre y cuando esto no implique abandonar nuestros hábitos y costumbres.
Todo lo antes dicho, induce a elaborar un juicio de valor no muy bueno, respecto de nuestra condición de argentinos. Pero, si bién hablamos de un rasgo que amerita una dudosa apreciación, esta no es la única posible.
Visto desde otro ángulo, estamos aquí hablando de una condición sobre la que se debe desenvolver el impulso germinal de Argentina, desde sus células más elementales.
Entanto y encuanto esa condición se respete, la fuerza germinal extraerá lo que hay de mejor en los argentinos.
Es desde esas profundidades del ser colectivo que las semillas prodán dar buenos frutos. Es desde el aporte individual de cada argentino que el país puede crecer y desarrollarse en sus mejores condiciones.

Pero para que esa condición básica de crecimiento se de, es necesario que los líderes comprendan la naturaleza del diálogo entre cada individuo y su entorno.
Como decian nuestras abuelas; “no se le pueden pedir peras al olmo”.
Esto nos llama a la reflexión sobre el funcionamiento de la cadena de mandos.
Generalizando, podemos decir que hay líderes con predisposición receptiva y otros que son todo lo contrario.
En este último caso, estamos ante la presencia del dictador que solo quiere imponer su criterio y voluntad.
Ya en el primer caso, entramos al campo de los dirigentes empáticos (verdaderas excepciones). Son los que tienen la capacidad de escuchar el eco de su propio entorno.
Esta es la naturaleza del verdadero líder. El que llegó a su condición de liderazgo por un proceso de destilación natural, como el que produce a la abeja reina en las colmenas.


Conclusión:

Estamos en un momento de la historia de la humanidad, en el que se hace imperioso el redescubrir los viejos valores perdidos.
Hay una necesidad de reencuentro con los valores espirituales, porque la vida se ha transformado en algo de extrema materialidad, donde el propio sistema alienta el consumo de la materia.
De alguna forma las estructuras de los gobiernos conforman el andamiaje y la sustentación de una sociedad carente de alma, sofocada por su propia compulsión al consumo.
El péndulo llegó al punto de su máxima amplitud y ya operan sobre él fuerzas que irreversiblemente lo impulsan a desandar lo andado.
Toda postura que cuestione o se oponga a aceptar la realidad de esas fuerzas en movimiento generará la reacción de lo colectivo y del individuo dentro de lo colectivo.

 

ROLANDO GRIGLIO
Astrólogo Kármico

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