Conclusión

De lo que hemos expuesto hasta el momento en este portal concluimos que todo, absolutamente todo lo que es y existe, se sustenta por una interacción dialéctica ininterrumpida, que se procesa entre polos opuestos y complementarios.
En el universo creado nada existe fuera de esta dinámica bipolar.
Sobre esta interacción se desarrollan los misterios del Amor, sosteniendo firmemente y por todos los tiempos aquello que Dios unió.
Ya hemos escuchado más de una vez aquello de que no se puede separar lo que Dios une... pero, lamentablemente, la superficialidad en que se ha estancado la vida cotidiana nos ha hecho a todos dudar de esta verdad.
No faltará el que diga: "¿en qué mundo vive este que escribe... o es que no se ha enterado de que cada vez hay más divorcios y separaciones?".
Si, así es. Cada vez hay más desamor... y las distancias, inclusive entre aquellos que se quieren, van aumentado con el paso del tiempo.
Estas distancias que se van instalando en la vida de las personas no son una dimensión híbrida que la mente pueda justificar desde un discurso de desamor civilizado. Porque la dimensión de la distancia incorpora en la vida de la gente el menos deseado de los sentimientos. Incorpora la soledad. Un sentimiento que duele en silencio... que duele allá en lo profundo de cada uno.
El discurso civilizado, montado sobre una impronta de supuesta madurez, consigue colocar una especie de filtro entre el sentimiento de soledad que se retuerce allá en el fondo y la postura que se muestra en el palco de la vida cotidiana.
Pero este filtro es muy inestable. Su efectividad depende mucho de las circunstancias que se viven un día después del otro.
Podemos estar absolutamente seguros de que en cada momento de nuestra vida alguien nos está pensando... y tal vez sin darnos cuenta, nosotros mismos estemos al mismo tiempo pensando a ese alguien.
Los vínculos son una interacción ininterrumpida. Un diálogo que se procesa en muchos niveles, uniendo en vibrante armonía las dos mitades que sustentan todo sentimiento de plenitud.
Esa es la química de la vida, que en nada difiere de la química que se estudia en las escuelas. Esta nos enseña que todos los elementos presentes en el universo son las piezas fundamentales, a partir de las cuales se configura la compleja estructura de los mundos, cuya sólida permanencia en el tiempo se debe a la unión de elementos que son opuestos complementarios.
Tenemos, por ejemplo, al Cloro, que se encuentra dialécticamente unido al Sodio para conformar el Cloruro de Sodio (la Sal de cocina)... y eso es así porque el cloro y el sodio están unidos desde siempre y por siempre, porque ambos conforman la unidad de la sal.
Realmente es irrelevante si el sodio se encuentra en el polo norte y el cloro en el polo sur. Ambos están unidos, aunque exista una distancia muy grande entre ellos.
Hay un vínculo dialéctico que los mantiene unidos... y la fuerza que los mantiene en esa condición es la fuerza de la Unidad. La fuerza del Amor. Dios mismo.
Los vínculos entre personas no son el fruto de un encuentro casual, a partir del cual se dió inicio a una relación. Estos son el fruto de una larguísima historia, que tal vez se remonte al origen de los tiempos.
Es la presencia del Ego la que fue generando distancias entre las partes que conforman el ideal común de un sueño.
Los aspectos psicológicos que se atraen comparten sin dudas una larga historia, que se inició por la mutua necesidad de mantener un bien común. Como dos columnas que sustentan una bella estructura.
Esa experiencia primordial de unidad subyace en el fondo de la propia convivencia humana, como una memoria irresistible, de la que es absolutamente imposible deshacerse.
Lo que ha conseguido el Ego, en el transcurso de los siglos, es interferir en el plano de la experiencia sensorial haciendo con que se niegue la existencia de la Unidad, como verdad última de la vida.
Con esa interferencia se negó al Amor y al propio Dios, como sustancia del Amor.

Pero decíamos que no se puede separar lo que Dios une… y, aunque relegada a lo más profundo del inconsciente, la unión de los complementos continúa sustentando a la propia Creación, aunque el Ego humano haya creado distancias y abismos difíciles de transponer.
Esos abismos y esas distancias son el karma de la humanidad. Son el origen de todo sufrimiento, el cual proviene de la ausencia de Amor, como base y sustento de todo vínculo.

La alquimia propone desenvolver una vida de trascendencia, en la que se deje de lado esa persistente postura de auto afirmación con que nos plantamos ante nuestros complementos.
Relacionarse es vivir una unidad, vivir una experiencia compartida en la que ambas partes puedan disfrutar del bien común.
Eso precisa de mucha empatía. Es necesario ponerle paños frios al egocentrismo, para que no se detone el proceso competitivo por la propia ley de acción y reacción.
No suena muy agradable describir el escenario de las actuales relaciones como un espacio en el que las partes compiten por tener el contro de la experiencia compartida.
No, no suena bien... y sin embargo eso es lo que realmente sucede dentro de un espectro muy amplio, que va desde la más romántica seducción hasta los más violentos y mórbidos métodos de imponer la propia voluntad.
En ninguna de las múltiples formas que presenta este espectro se encuentran realmente presentes los misterios del Amor. Esta substancia estará tanto más ausente cuanto más conciente se sea en la tentativa de auto afirmación.
La auto afirmación es, en si misma, la negación del Amor. Signifiga negar que nuestra propia existencia dependa fundamentalmente de los complementos a los que estamos vinculados... cuando en verdad, es en ellos donde se encuentran los nutrientes necesarios para sustentar nuestro propio crecimiento interior.
La suma casi infinita de complementos a los que nos encontramos vinculados, conforman el cuerpo del paisaje karmico que nos contiene a cada uno en particular.
Ese paisaje, que registramos desde una percepción absolutamente selectiva, es nuestra tierra filosofal... y, como individuos, somos una verdadera semilla que debe germinar a expensas de los nutrientes que ella nos brinda.
La interacción dialéctica es lo que vincula a la "semilla" con todos y cada uno de los complementos que conforman su tierra filosofal. Cada uno de eso vínculos, al procesar sus intercambios, brinda la oportunidad de extraer algún nutriente que sirva al desarrollo germinal de la semilla.
Es obvio que estamos usando la imagen de la semilla y la tierra como una metáfora, que expresa la naturaleza esencial de nuestros vínculos como individuos.
Queremos significar con esto que nuestro verdadero crecimiento interior solo puede suceder cuando los misterios del Amor irrumpen en el palco de las relaciones personales... o sea, cuando comienzan a vislumbrarse las virtudes que se derivan de esa virtud mayor que es la empatía. Si bien que, tratandose de virtudes, no podemos hacer diferenciaciones de mayor o menor o de mejor o peor. Virtudes son virtudes... y aquí estamos haciendo referencia a la tolerancia, al respeto por la opinión diversa, a la busqueda de la concordancia, etc. Virtudes que tienen que ver con la empatía, o sea con la capacidad de colocarse en el lugar del otro, para tratar de sentir y comprender sus razones.
Esta postura interior a la hora de vincularnos permite que la interacción fluya sin bloqueos... y esta es la condición para que pueda haber trascendencia.

 

ROLANDO GRIGLIO
Astrólogo Kármico

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