Los Ciclos de Saturno

El ascendente de una carta natal define el instante del nacimiento de la persona.
Una vez producido el parto, esta entra por primera vez en un universo desconocido y absolutamente desagregado de su individualidad.
Es un verdadero caos de objetos, circunstancias y personas con el que debe establecer relaciones dialécticas integradoras.
Las dimensiones del universo tridimensional en él cual ingresa el individuo superan ampliamente su capacidad de mensurar.
Talvez, nuestro primer aliento haya sido acompañado por una especie de sensación de vértigo. Algo así como sentirnos a la vera de un abismo insondable.
Esa sensación acompañó, aproximadamente, los primeros dos años y medio de nuestra actual existencia... desdibujandose, de forma gradual, a lo largo de ese tiempo.
En tanto y en cuanto esa sensación se iba desdibujando, se perfilaba un escenario cada vez más familiar, donde nuestra individualidad la sentimos como parte del orden que nos contenía.
A medida que nos fuimos vinculando dialécticamente al universo particular que nos contenía, es como que si hubiesemos ido retomando las sensaciones de contención que habíamos vivenciado dentro del útero materno.

Todo lo que captan nuestros 5 sentidos es la resultante de una interacción dialéctica entre un objeto externo determinado y su complemento, presente en la mente sensorial del individuo.
Estas interacciones comenzaron a desarrollarse desde los primeros instantes de nuestra actual existencia.
Al ingresar en el mundo tridimensional de Euclides a través del parto, nos encontramos rodeados por las sustancias que conformaban el escenario al que nos vinculamos con el primer aliento.
Algo llamó nuestra atención porque su opuesto complementario, dentro de nosotros, dió origen a una suerte de atracción psicológica que hizo conque sintiésemos una cierta familiaridad con el objeto.
En los primeros tiempos de nuestra actual existencia, estas experiencias exploratorias eran una verdadera aventura, cargada de una muy fuerte motivación que movilizaba emociones y sentimientos muy intensos y diversos.

Alrededor de los 7 años de edad comenzamos a darnos cuenta de que el orden establecido en el mundo exterior (incluyendo ya el escenario más allá de las cuatro paredes de nuestro hogar) ejercía sobre nuestra individualidad una suerte de resistencia a nuestra voluntad expresar nuestros propios impulso de crecimiento. Las normas y disciplinas que se extendían más allá de las cuatro paredes de nuestra casa fueron sentidas por aquellos tiempos como una verdadera acción censuradora.

Hasta el momento nos habíamos familiarizado con las normas que imperaban dentro de la convivencia familiar, por cuenta y orden de nuestros padres o tutores, los cuales establecieron las pautas de orden para que la convivencia se desarrollase dentro de los límites de cierta normalidad.
Pero, dentro de casa, esas normas familiares se desarrollaron dentro de un clima de vínculos reales, habida cuenta de que hablamos de sangre de la misma sangre. Derivaciones de un óvulo y un espermatozoide, que continúan interactuando dentro de cada hijo, como verdadera extensiones de la vida de los padres.

Más allá del ámbito del hogar, los vínculos que se establecen son de una naturaleza muy diferente.
Nos vinculamos a aspectos complementarios que provienen de otras historias y que crecieron al amparo de otros afectos... y aquí ya tenemos que hablar de afinidad y no de familiaridad.
Cada individuo está insertado en su propio árbol genealógico y es importante comprender que cada árbol genealógico tiene su propio impulso germinal.
Claro está que cada uno de nosotros tenemos nuestro propio impulso germinal, que tiene que ver con nuestra promesa de ser… y, de alguna forma, nuestros impulsos individuales se sintonizan con el impulso que proviene de las raíces de nuestros ancestros.
Por lo tanto, tenemos un karma familiar y dentro del contexto de ese karma vivimos nuestro propio karma particular.
La herencia genética tiene misterios que van mucho más allá de lo que es cientificamente mensurable. Lo que abre todo un campo de investigación, que puede transitarse con más éxito cuando lo encaramos a la luz de la reencarnación… pero esto excede el tiempo y la pretensión de este artículo.
Lo que hemos referido hasta el momento sirve a la intención de comprender que, casi la totalidad de los vínculos que establecemos en la vida, no tienen relación alguna con la herencia de nuestros ancestros.
Eso es un desafío ancestral sí... pero que corresponde a la promesa de ser de cada individuo en particular, que debería independizarse de su rama ancestral, para crear su propia progenie.

Dentro del hogar en que cada persona crece, los vínculos responden a la dinámica interna del propio árbol genealógico.
Esa dialéctica es la que debe sustentar el crecimiento y maduración de cada linaje. Los cuales, en su conjunto, conforman la esencia o estirpe de cada nación.
En los albores de la humanidad, los individuos se sintonizaron con los sonidos profundos de la tierra y se armonizaron entre sí, porque esa sintonía les dio sentido de pertenencia a un lugar... y así surgieron las identidades territoriales.
Esos vínculos territoriales son de naturaleza esencialmente emocional y afectiva.
El individuo que nace en un determinado lugar, establece una sintonía selectiva con determinados aspectos del paisaje. Una tarea gradual y permanente, que comienza en casa.
La privacidad del hogar es el primer escenario al que la criatura se vincula dialécticamente, para dar continuidad a una historia genética que encapsula la deuda karmica de ese linaje.
Este es el karma familiar que vibra en el trasfondo de cada individualidad.

Dentro de casa los vínculos responden a la dinámica interna del propio árbol genealógico.
Esa dialéctica es la que debe sustentar el crecimiento y maduración de cada linaje.
Estos linajes conforman la esencia o estirpe de cada nación.
En los albores de la humanidad, los individuos se sintonizaron con los sonidos profundos de la tierra y se armonizaron entre sí, porque de esa armonización surgió una identidad territorial que les dio sentido de pertenencia.
Esos vínculos territoriales son de naturaleza esencialmente emocional y afectiva.

El individuo que nace en un determinado lugar, establece una sintonía selectiva con las partículas del paisaje que le son complementarias.
Esto amerita una interacción dialéctica gradual y permanente.
Cada individuo nace por la convergencia de 2 linajes.
En el óvulo y en el espermatozoide se encuentra registrada la memoria ancestral de los padres.
Esos son los 2 linajes que se encuentran en el momento de la concepción.
La memoria ancestral de la madre es la deidad femenina que nos nutre y nos sustenta... y que en la vida se "corporiza" en la substancia de todos nuestros complementos.
La suma de todos los complementos a que nos vinculamos en la vida conforman el cuerpo de una deidad femenina, que es nuestra propia diosa madre.
Una diosa madre a la que hemos maculado en el curso de innumerables existencias... Pero, aún así, no nos abandona.
Nos mantiene en sus brazos aún cuando todos han abandonado nuestra casa... aunque sus paredes se vean enmohecidas y su interior se encuentre en total oscuridad, ella permanece protegiendonos en sus brazos en la más insufrible soledad.
Ella nos mantiene vivos, aún cuando nuestra imagen haya muerto para el mundo y las puertas de nuestros falsos amores se hayan cerrado.
Es el Amor de nuestra diosa madre el que nos ata a la vida, sin jamás perder la esperanza en nuestra resurrección.

También hemos maculado nuestra deidad masculina. Hemos corrompido la naturaleza esencial del impulso que de él proviene... y ese accionar destorcido nos vinculó a los falsos amores que nos condujeron a la oscuridad y a la soledad que hoy ocultamos en cada acto de auto afirmación.
Es nuestro propio accionar el que puede transformar la actual naturaleza del vínculo con nuestra divinidad femenina. El Ave Fénix renace de la combinación de las cenizas de 2 linajes (del padre y de la madre).

 

ROLANDO GRIGLIO
Astrólogo Kármico

 

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